Desperdiciar esta oportunidad única, sería una barrera infranqueable. Un peso muerto. No podría seguir este oleaje hasta que fuese demasiado tarde. Se recompuso y adelantó su boca hasta ese hombro, redondo, suave. Lo besó.
Sin embargo, esa lánguida calidez le hizo perder compostura, y no pudiendo reprimir una mordida, -que vivía oculta en la comisura de sus labios- se abalanzó, dejando que sus colmillos igualaran su profundidad en la blanda materia. Los estertores le provocaron avidez. El intento de huida súbita de ese cuerpo, lo incitó a seguir atrayéndolo hacia sí, a no dejarlo escapar.
En vez de un grito o queja, el hombro finalmente aceptó el dolor como catarsis. Se permitió le desnudaran y sucumbió ante la sola idea de sumergirse. Mientras tanto, un delgado hilo, tiñó la blancura expuesta, casi virginal, y solamente se escapó un suave gemido. Únicamente una voz que parecía ajena, cómplice, arañó la diáfana expectativa, y ordenó: más fuerte...
Suspiros llenaron las respiraciones agitadas, las palpitaciones, y un tropel de adrenalina disuelta se introdujo entre ambos, puñal obseso. El aire tibio combinó un mar de aleteos, audibles al que prestara la debida atención, con los roces constantes, con las flexiones increíbles, con la avaricia creciente, con la aspereza de una mano envolviendo un pie suave, con los versos líquidos que se entreveían durante esta sinfonía de tacto y piel, de ósculos, de un vértigo continuo.
Todo cayó desde ahí, desde esa cúspide, y se perdió. El mundo giró sobre sí, pero sin dictaminar tiempos, ni razones. Solamente existía este preámbulo, este éxtasis. La marina se ocupó de indagar en todas sus señales, en todas su rencillas, únicamente para dar vida, vuelo, a aquellos frutos de Eros.
Pero le inquietaban ciertas personas que le obligaban a realizar acciones con despropósito, y que sólo buscaban palpar su vanagloria y sus fantasmas. Además de buscar con ansias, la infame resurrección de esqueletos, siempre asociados con las crueldades más exasperantes, las que llevadas con maestría al extremo, sí constituían verdaderas piezas de colección.
Quiso que la posición de sus dedos tomara parte de otras aristas en ese loco deseo; bizarro ó desquiciado, quizás. Saboreó esa parte del anhelo que lo incitaba a convertir esos suspiros en tardía realidad. Extendió sus brazos y sumergió con avidez la vorágine que se hundía en su pecho, un algo distinto y desnudo que percibía agridulce, agreste, callado, pero que clamaba como una herida desde cada poro, quee ansiaba elevarse más allá de las primeras instancias.
La forma no podía ser todo ¿O si?, ¿Acaso la textura podría sostener este amago de conciencia, este recóndito aliento, esta posibilidad de ver con sus propios ojos, el nacimiento de un hecho consumado, propicio?
Deslizó ese instinto feroz por toda la superficie y se halló impávido ante esta victoria, esta carne trémula. La ayudó a bajar del pedestal y se apoyó en su hombro, y contrario a su primer afán, solamente se dejó ejercer en un profundo estado de entrega.
Cuando se dedicó a tallar su piel, nunca se imaginó que solamente necesitaría, un cincel, grueso, con olor a arduo trabajo y sudor. Su visión no fue un obstáculo, al contrario, sirvió en esta ocasión para traer, para convertir, su deseo en contundente realidad. Ese marfileo rostro, nacido de la mismo anhelo en su interior, representaba por sí mismo, el momento cumbre de su labor artística, de su tesón por incluir vida en una materia fría por naturaleza, lisa, sin alma, transmutar un conjunto de átomos dispersos, -y coincidentemente reunidos allí- para conformar piezas exquisitas, únicas, irrepetibles.
Su carrera había sido meteórica, avasalladora, trepidante y fructífera. Sus manos habían dado vida a tantos instantes, tantos rostros, cuerpos, todos convertidos en eternos a fuerza de voluntad, habilidad, obsesión, necesidad. Nunca volteaba atrás, pues para él, ese pretérito ubicuo, no precedía a ningún esfuerzo pleno, a conciencia. Simplemente se centraba en un lugar preciso en su escala de ambición. Se desenvolvía inmerso en su trabajo, si pestañear siquiera. Siempre ajeno, lejos de cosas consideradas cotidianas entre la gente; lejos también de relaciones consideradas impropias ó inconvenientes, no había forma de decidir si efectivamente, solía preferir cierto tipo de compañía.
No obstante era consistente en su vida ordinaria. Se levantaba temprano para visitar a sus proveedores, estudiaba a fondo sus proyectos y, a diferencia de muchos contemporáneos, solía tener control completo sobre los presupuestos obtenidos, sobre el motivo de las creaciones, la materia prima, y contra todo sentido común, poseía una defensa tenaz contra cualquier opinión adversa a su desempeño, sus elucubraciones, propias de un "iluminado", no podían recibir ni un ápice de cambio. Tal vez, pudiera considerarse que era ésta la principal razón por la que solía entregarse a un "mecenas" de manera completa -claro, temporalmente- sin restricciones. Mientras comprendiera que no habría modificaciones a su manera de entender las cosas, todo aquel objeto circular, podía ser tolerado.
Hace poco pregunté: ¿Por qué es necesaria la parábola? ¿La metáfora? ¿De verdad es indispensable? ¿Para qué ocultar el sol con la mano si todo es tan claro? ¿Tan pleno? ¿No acaso, si se señala a la luna, el idiota sólo puede ver el dedo? Entonces ¿Qué? ¿Se hizo así por miedo? ¿Por acto reflejo? No entiendo, de verdad, no, si "El koro-nel no tiene kien le ezkriva" ¿Para qué recalentar nuestros huesos al sol? ¿Dónde está la faena? ¿Dónde la épica? ¿Por qué el papiro debe ser tan largo? ¿No causa confusión? Y corrijo esté tropel de desfiguros, la pregunta cambia, sin duda: ¿Para qué?
Macondo está cerca, cualquiera lo sabe; sus calles nos habitan;
sus fantasmas nos depilan el sudor,
la sangre,
la tierra adentro,
el murmullo que corre por debajo de este trazo fatal;
pero todo esto me apunta,
me sofoca:
¿Dónde están sus muertos? ¿A mitad de la calle?
¿Es acaso todo esto sólo un panegírico?
¿Una omisión?
¿Cosecha de desolaciones? ¿De flagelos presentes?
¿Gritos de monstruos vivos de un pasado cercano?
¿Esqueletos prestados?
Ayer se cumplió un lapso, un ciclo, un círculo que cierra su apretado puño, nada es para siempre, aunque el rostro es el mismo, las calles, las casas, han cambiado un poco, y se ve que el asunto -nada más- gira alrededor del kilometraje. Me recuerdas con esa pose antioqueña, el sueño del lenguaje común, del olvidado souvenir: todos somos lo mismo, sólo hace falta claridad y valor en tu caso se da más lo segundo que lo primero, para cumplir no ochenta, sino cien.